Cuando
Dios colocó al hombre en la tierra, lo colocó en un jardín. Esto
significa que Dios no nos colocó en un lugar de privación, Él nos
colocó en un jardín y, al colocarnos en un jardín, Él dijo que nosotros
podríamos comer de todos los árboles.
Dios no limitó la acción del
hombre en el jardín, Él simplemente creó un espacio donde el hombre
pudiera circular normalmente y ordenó que el hombre cumpliera su
determinación, aquello que fue despertado en la creación.
¿Saben
lo que esto significa, también? Dios nos colocó en una perspectiva de
la universalidad del conocimiento, de la experiencia, de la
asimilación, del cambio y de la forma de un conocimiento que fuera
absolutamente libre y, por eso, universal.
El
deseo de Dios es que el hombre sea totalmente libre, por lo tanto, Él
liberó que podríamos comer de todo árbol, pero, el único árbol de la
cual nosotros no podríamos comer, era del árbol de la anticipación del
conocimiento del bien y del mal, a fin de garantizarnos la posibilidad
de lo divino. Y nosotros hicimos exactamente el opuesto, nos abdicamos
de la universalidad del conocimiento, por la particularidad de la
auto-protección.
Entonces, nosotros dejamos el riesgo del universal
y preferimos el conforto y la seguridad de lo particular, del
aislamiento, de la acción limitada. Aquello que nos dice respeto, las
cosas con que nosotros nos identificamos, con lo que nos hace sentir
bien, nosotros nos colocamos dentro de ese encuadramiento, alejándonos,
de esta forma, de la persona divina. Esa anticipación de definir, de
saber identificar lo que es bueno y lo que es apenas para protegernos
del riesgo, nos llevó a la muerte.
El
hecho de querer lo divino por la definición anticipada del que es bueno
y de lo que es apenas, y no de ser protegido por el divino en el que es
bueno y en el que es apenas, nos llevó a una opción obtusa, restricta,
superficial.
Es
ahí que nosotros estamos muriendo, porque tenemos miedo de aquello que
es universal, nosotros tenemos miedo de lo que es diferente de
nosotros, tenemos miedo de las cosas que no nos gusta, rotulándolas
como anormales y de aquellas que para nosotros parecen representar el
mal. Todo eso es para identificar lo que agrada a nuestros ojos, lo que
llena nuestra barriga y que nos da la sensación de poder.
Dios
intentó en agraciarnos con todas las bendiciones que él imaginó que
serían preciso para no tener falta de cosa alguna, pero, dentro de la
visión particular, limitada, aislada del hombre, perdemos la visión de
lo universal de Dios y caemos en la posibilidad, de ahora, no tengamos
la capacidad de volver al inicio de todas las cosas, ¡el Edén!