He
meditado sobre el vivir en familia, el vivir como familia de Dios. Este
es lo comienzo básico de nuestra nueva naturaleza, de nuestra nueva
identidad en Cristo.
En
mi experiencia pastoral en consejería de jóvenes parejas, hombres y
mujeres maduros, he visto mucha gente enferma en su alma y corazón,
personas que no consiguen superar desafíos pasados, relaciones
presentes; personas que aún viven muy de este lado del proyecto de Dios
para sus vidas. Continúan desmejoradas, infelices y no perciben que lo
que Cristo hizo es suficiente para cambiar sus historias, para traer
una nueva vida, vida verdadera y abundante.
Una
de las características de estas personas es que no dan importancia
verdadera a la comunión con la familia de Dios, de la terapia que hay
en el “vivir juntos”
Releyendo un libro de Larry Crabb, vea lo que dice:
“Vislumbro
una comunidad de personas que, deliberadamente, se combinan en
ambientes donde estos nutrientes son intercambiados, donde derramo en
ti la cura que tengo en mi, y usted derrama en mi lo que Dios colocó en
usted. Como los dones espirituales, esos nutrientes solo alimentan
nuestra alma cuando las distribuimos para la felicidad de los demás”
Necesitamos
esforzarnos, necesitamos dar un paso en dirección a las personas,
necesitamos ser bendición en la vida de los otros; repartiendo y muchas
veces ni sabemos lo que tenemos para repartir y que somos llenos y
curados en nuestra vida.
¡Haga de la comunión en familia, un lugar de Comunión con los hermanos!
Pr. Olgalvaro Jr.